Mi tía Lety

Ayer hice pastel de fideos al horno, y me acordé de mi tía Lety. Con ella – y su familia – compartí algo más de 5 años durante y después de mi época universitaria. Y quién, además de esa y otras recetas caseras, me dio la primera lección importante en la vida de una mujer: jamás dependas económicamente de un hombre. Una lección que no he sabido sostener en la última década, y que me asusta tanto como no volver a encontrar disponible nunca más gel antibacterial, sobre todo en tiempos de pandemia conyugal.

Leí en una revista que en tiempos de crisis – y, peor aún, en encierro por cuarentena -las dinámicas de pareja se ven severamente afectadas. Y que, ante elevados niveles de estrés y la sensación de que el mundo se va acabar, algunos vínculos se pueden fortalecer. Pero otros, en cambio, encuentran un detonante para terminar.

En lo que va del aislamiento me he divorciado ya dos veces de mi marido, y las dos veces me he vuelto a casar. Y he pensado cómo sería mi vida si me quedara sin piso techo,  sin autoestima y sin un plan, si uno de esos días, la bomba de lo que, al principio, parecía una buena decisión marital, me explotara justo en medio de la cara.

Mi tía Lety, es la madre de mi mejor amiga de hace 25 años. Era una mujer bella, de personalidad dominante, exigente, y de fuerte expresión crítica. Era también una perfeccionista. Le gustaban: el cabello bien peinado, las personas bien sentadas y las chicas bien portadas.

Tenía un vivero aéreo de macetas con hermosas petunias, que ella misma había sembrado. Se había leído a todos los premios nóbeles, y conocía el año exacto en que cada uno había ganado el galardón. Podía distinguir unas panties de seda de unas de nylón, a varios metros de distancia. Usaba palabras como cariño, tesoro o mi vida, para referirse a ti – y a todos – de una manera muy especial. Y también, de un solo grito, podía hacerte sentir la persona más torpe e insignificante del mundo.

Y así como tenía la habilidad para improvisar un almuerzo con cualquier cosa, podía arrojar furiosa un olla con salsa blanca quemada contra el piso, y llorar desconsoladamente por cuarenta minutos. Porque si hay algo que mi tía hacía más que tirar puertas, era llorar.

Nunca vi a nadie llorar tanto sin que nadie intentara reprimirla. Era casi como si estuviera en su derecho. Habríamos parecido las Brujas de Salem,  si las tres mujeres de la casa nos hubiéramos propuesto llorar al mismo tiempo.

Tal vez lloraba porque su divorcio se veía inminente. y había cuestionado todas sus decisiones de los últimos diez años. Tal vez porque se arrepentía de no haber terminado ese último semestre de carrera en la universidad. O porque la vida que había construido no se parecía en nada a la que había soñado. Tal vez porque se arrepentía amargamente de haber lastimado a alguno sus hijos, o porque el hombre con quien se casó se había convertido en otro muy distinto,  o tal vez porque era ella quien había cambiado.

Mi tía Lety falleció un mes de Agosto, no tendría más de 65 años. Ella fue la primera mujer extraña – y tal vez la única – que me cuidó y me brindó una segunda figura materna, en la época en que mis padres también se divorciaron. Fue la tía que más he querido. Y está hoy al lado del hijo que perdió, una noche nefasta, en que también buscaba la felicidad. Feliz día de la madre tía Lety.

 

 

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